
Como cada año por estas fechas pido un viernes de fiesta en el trabajo y aterrizo con unos amigos para pasar el fin de semana en Londres. Llegando a la ciudad hacia las 11, nos queda un estupendo fin de semana por delante.
Como siempre el tren de Heathrow a Paddington, a pesar de las 15,30 Libras que cuesta es de una rapidez y comodidad fantástica, nada comparable a la decadencia que van llegando a los trenes de Sants al Aeropuerto del Prat. El tener el hotel junto a Paddington Station hace que el tiempo perdido en desplazamientos sea mucho menor, la zona esta repleta de hoteles y de Bed & breakfast da para elegir entre todo tipo de precios y comodidades.
Como siempre la ciudad sorprende por la limpieza de sus calle, por lo verde de sus parques y una cierta forma de ser los británicos, un vive y deja vivir que acoge sin estridencias desde radicales, excéntricos, conservadores victorianos y modernos de todo pelaje, situación que por suerte poco a poco va extendiéndose por estos lares, a pesar de los fanáticos e intolerantes que cada día por sus emisoras y periódicos intentan extender el enfrentamiento entre los ciudadanos.
La primera comida en el Seafood de Harrods con ostras y salmón, los almacenes intentan aguantar el prestigio y la elegancia de siempre, pese al mal gusto de la escalera egipcia incorporada estos últimos años y sobre todo a la fuente de Diana y Al Fayed donde en el mas puro estilo kitch la gente tira dinero en ella en el más puro estilo Fontana de Trevi, pero del mal gusto.
Después de comer directo a la Royal Academy of Arts para ver la exposición de Cranach. El pintor de figuras cuyas caras reflejan el interior, maestro en definir los gestos plásticos de las caras para que den una visión clara y sin engaños de la persona retratada. Con ello Canarch no solo refleja el físico, sino también la personalidad y la maldad de las personas: la envidia, la avaricia y las perversiones.
La Royal Academy repleta de gente, sus dos salas superiores dedicada a exposiciones temporales parecían un anden de metro, pero a pesar de estas incomodidades merecía realmente la pena.
Al día siguiente y después de dar una vuelta por Portobello, directo a la Wallace Collectión, junto al lado de Oxford Street. En un viaje lleno de multitudes y aglomeraciones es una autentica delicia entrar en esa estupenda mansión. El buen gusto de sus colecciones de cuadros y muebles, así como de la sensación de encontrarse en el mejor sitio posible hace que te den ganas de pasarte todo el día en ella.
Con los museos devorados por masas sin el menor interés en disfrutar del arte, siempre quedan pequeños museos desconocidos por la mayoría donde poder disfrutar del arte en mayúsculas. Estos museos, como el Wallace, no tienen el nivel artístico de los grandes, pero sin lugar a dudas el disfrute en ellos es muy superior. Encontrarse a gusto en el espacio, sin agobios y con complicidad con el entorno, proporciona una satisfacción sin igual.
El domingo por la tarde vuelta a Barcelona, al ser los vuelos compartidos, la ida fue con Iberia y la vuelta con British Airways, situación que permite comparar ambas compañías aéreas. La escasa distancia entre asientos, así como la inexistencia del tentempié en Iberia, contrasta con la amplitud entre asientos que permite mayor comodidad y los sándwiches con bebida ofrecidos en British Airways, dan una visión clara de donde estamos.