
Con puntualidad llegamos a Fiumicino y sin más demora, me dirigi a coger el tren que me dejaría en Termini para coger entonces el Metro y en dos paradas plantarme en el Hotel. El dia se presenta esplendido, soleado y despejado, el paisaje que veo por la ventanilla del tren me recuerda al del Pla d'Urgell, con lo que necesito ver el diseno desconocido del vagón para recordarme que estoy en Italia y no camino de Lleida, el color de la tierra, los canizares de los márgenes, la luminosidad otonal, todo me recuerda a mis orígenes en el "ponent" catalan.
También veo los nuevos y feos edificios de viviendas que se construyen en las afueras de los pueblos que hay camino de la ciudad. La misma fealdad clonica arquitectonica que en Espana. Frente a una arquitectura popular fantástica de hace un siglo, se llega a la mediocridad de las construcciones actuales. El civismo y cultura de un pais puede verse en su urbanismo, sus construcciones populares y en la unidad estetica de las poblaciones. De nada sirven grandes edificios civicos y religiosos de un alto valor arquitectonico, si el resto de los edificios son de una fealdad extrema. En Italia, hasta fechas recientes, además de unos edificios singulares fantasticos, existia a su vez un entorno de edificios unitarios, elegantes y de un buen gusto fuera de lugar. En las últimas decadas, la fealdad de las edificaciones deriva a la famosa fealdad espanola, que exceptuando algunas iglesias y palacios, la unidad estética de las poblaciones es de lo más lamentable y disparatada.
Pero tras los barrios circundantes llega la Roma autentica, sublime, elegante y humana, la del mejor buen gusto, la de edificios austeros y barrocos, pero perfectos e integrados, el caos del centro de Roma es totalmente asumible ante la magnifica arquitectura integrada y dialogante de la ciudad. Exceptuando las multitudes que abarrotan la ciudad inmortal de las siete colinas, el paseo por sus adoquinadas, irregulares y caoticas calles es una delicia. La ciudad no cambia, su transformación es lenta, jamas rechaza a los viejos artesanos, el buen gusto lo abarca todo, hasta a los elegantes romanos, maniquies perfectos para sus perfectos trajes.
Lo peor de Roma sus museos, no por las obras de arte que atesoran, sino por las multitudes de turistas que pasan el dia en ellos. Las lujosas galerias de los Museos Vaticanos, vienen a representar el sueño confesado de los antiguos dirigentes de la URSS, que pretendian que los metros sovieticos fuesen palacios para el pueblo. La esplendorosa decoración de las galerias vaticanas y la ingente multitud que transita por ellas, es lo más parecido al más lujoso de los suburbanos en hora punta. La Capilla Sistina abarrotada y con el volumen de voz en progresivo aumento hasta que el guardian habilitado para ello da un fuerte seseo que hace que de inmediato el volumen de voz baje, hasta empezar a subir timidamente pasados unos segundos, repitiendo la operación de seseo aproximadamente cada dos o tres minutos, es lo más semejante a una gigantesca sala de espera donde nadie sabe donde va.
Pero Roma es y será siempre Roma, ciudad inmortal para todo tipo de mortales, donde lo civil y lo religioso vive, pero no convive, dos mundos distintos que se respetan tras haber alcanzado un alto grado de civismo, el cual, sea dicho de paso solo es posible en Roma.
Con esto me despido y voy a tomarme un último aperitivo en Via Veneto, para hacer despues el camino hacia el aeropuerto ya que a las nueve tengo el Vueling de salida hacia mi querida Barcelona.