dimecres, 8 d’agost de 2007

LA TRIBU



En la sociedad que irremediablemente nos toca vivir parece ser que sea de carácter obligatorio el pertenecer a un grupo. Dicho Grupo tiene como fin principal el de condicionarnos en nuestros gustos, actitudes y aptitudes, así como también en nuestras preferencias. Sin ningún tipo de dudas tenemos que pertenecer a un lugar y a un país, con todos los subgrupos que ello representa. Todo ello, representa tener que llevar hasta la exaltación de todo lo propio, con la obligación expresa de no salirse de los límites establecidos, bajo pena de excomunión, excomunicación o de agresivos ataques de tipo existencial hacia uno mismo.

Parece irracional el tener una concepción propia del mundo y pertenecer a la vez al grupo, concepción de que no se puede estar en contra de la creencia religiosa imperante, del sistema moral mayoritario y de la posibilidad de exponer y de defender con mesura otras ideas y conceptos que los establecidos, bajo riesgo y temor de provocar algún monumental escándalo.

En esto se llevó la palma Andrè Guide, combatiente del nacionalismo de Barrès, de su tradicionalismo, en eso que este tradicionalismo tenía de más convencional. Para esta actitud fue determinante el hecho de que fue un hombre muy rico, que dispuso siempre de medios materiales abundantes, que pudo madurar largamente todo lo que llevaba dentro y trabajar rodeado de comodidades y de bienestar. El no disponer de una solvencia económica determinante, hace que la independencia de espíritu sea una actitud quasi heroica.

El simple desarrollo social, implica el tener una presencia física en el Grupo. La obligación de dejar un recuerdo profundo, el cual es más importante si es debido a su personal presencia, que no a sus hechos y obras.

En el entorno actual, es de obligado cumplimiento ser impenitente lector de Arturo Pérez Reverte y de su irreal y rancio Capitán Alasmustias; el de ser entusiasta de un marrullero e impresentable piloto de F-1 llamado Alonso; de haber sido fan de la eurovisiva Rosa de España (teniendo como compañeros eurovisivos a todos los países más atrasados de la Europa del Este); seguidor reverente de la selección española de básquet (así como con la de fútbol, aunque detestes estos deportes); teleadicto al Tour de Francia (y más si algún español, aunque acusado de doparse pueda alcanzar la victoria). Si uno además es catalán, tendrá la variante de ser pro o contra: entusiasta de novelas de muy poca calidad escritas en catalán –frente a los españolistas que rechazan todo lo escrito en catalán-; ser del Barça –o ante todo antibarça-; entusiasmarse con los castells y castellers –frente a los que piden erradicarlos-; que te gusten los programas de Miquel Calçada –o que detestes al personaje-; y así hasta una interminable lista de pros y contras. Quizás la ventaja de los que vivimos en Catalunya frente a los que viven en el resto de España, sea que tenemos estas dos opciones, frente a los otros que tienen solo una, de todas formas, exceptuando las expuestas no es de recibo y esta muy mal visto y casi penado apostar por alguna otra.

Es difícil apostar por escritores alocales como Quim Monzó o Pere Gimferrer, que por sus obras nadie podría identificar su origen; por músicos inclasificables como Pascal Comelade; que uno sea seguidor en su día del piloto de F-1 Michael Schumacker ; o que le guste un bailarín clásico ruso y que además mire la cadena de TV Arte. SERIAN ASOCIALES Y ANTIPATRIOTAS